El océano en calma refleja un cielo encendido por el atardecer. Los resplandores naranjas se funden con el azul mientras el día da paso a la noche. Las nubes se dispersan con elegancia y aportan textura y profundidad al superponerse en el cielo como si fuera una pintura.
El perfil nítido de los edificios se alza en silueta contra la luz que desaparece y crea firmes patrones en el horizonte cubano. Cuando cae el crepúsculo y la luz se atenúa, las luces de la ciudad empiezan a titilar y cubren el agua de estrellas. La costa serpentea suavemente y permite que la mirada siga su curva, sugiriendo la delicada cadencia de las olas y de la vida vespertina.
La imagen es hermosa tanto por su claridad como por su composición. Todo — la manera en que la luz se refleja en el agua, el marcado contraste de los edificios y las sutiles texturas de las nubes — se une en un equilibrio perfecto. La escena posee vitalidad y tranquilidad, inmensidad e intimidad a la vez.
La fotografía trasciende una simple vista. Muestra una visión de luz y vida que existen en armonía. Es fugaz y, sin embargo, eterna, como La Habana. Mucho después de que el atardecer se desvanezca, su resplandor y tranquilidad permanecen como un hermoso testimonio de la magia de la isla.
Paisaje Exterior Vista de la playaCategorías: Historias de la galería






