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Una flor hecha de fuego
El estallido comienza en un punto y se extiende hacia fuera con un ritmo perfecto. Líneas doradas se encienden, después se alargan y se afinan en la oscuridad hasta desaparecer. Entre ellas, brillantes motas magenta laten como pequeños corazones, irregulares pero deliberadas. El cielo del fondo permanece negro, puro e ingrávido, y ofrece a la luz todo el espacio necesario para desplegarse.
El centro arde con mayor intensidad, demasiado brillante para poder definirlo. A su alrededor, el resplandor se enfría lentamente y cada hebra conserva su propia estela de humo. El movimiento parece rápido, pero la fotografía lo vuelve eterno: captura el segundo anterior a que todo se desmorone.
Después de la primera impresión, ya no parece fuego. La luz se vuelve orgánica, casi suave, más parecida al aliento que a una llama. La explosión ha terminado, pero su ritmo permanece, constante como la memoria.
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